Santa María de los Buenos Aires era una valquiria húmeda ahogada en un océano oscuro y temible. De las mismas bocacalles surgía, como un vómito, la marea nauseabunda que ascendía inexorable por las alcantarillas, las puertas de las casas, el mismo cemento.
Atrincherada en mi apartamento de soltera, con mis muebles exudando agua podrida, con mi gato temblando de asco en una cacerola, con mi cabello enrulado cual mandrágora fuera de control, observaba desde las alturas a la nueva Venecia porteña. La humedad, nunca bien ponderada por mis jóvenes huesos cansados, hacía mella en mi humor y en mi apreciación de la vida en general y de la ciudad en particular. Ay, ¡esa poderosa lamida de vaca que recorría mi cuerpo pegajosamente y no era capaz de dejarme en paz!
La esencia circular del tiempo, casi tan acuosa e insoportable como el clima mismo, repetía segundos de encierro impuesto por la lluvia que se derramaba como un reloj de Dalí, viscosa y grasienta. El elevador roto y las escaleras en estado parcial de destrucción me sonreían burlonamente, como si se supieran causantes de mi reclusión.
Era inútil: la lluvia, Buenos Aires y yo nunca nos llevaríamos bien.
jueves, 24 de septiembre de 2009
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La verdad este texto siempre me había gustado. No puedo decirlo plenamente, pero siento una vinculación. No se más como alabarlo. Quizás transcribiendo unas palabras de Piere Girau dirigidas a Alejandra Pizarnik (la gran Alejandra!!) "me gustaría que escribieras mucho que siguieras escribiendo. Y tus textos volaran lejos, y continuaran diperdigando el amor y el terror"
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