jueves, 24 de septiembre de 2009

MAGICAL MYSTERY TOUR: BIENVENIDO AL 60

Amado por unos, odiado por más, el 60 es innegablemente el porteñismo sobre ruedas, la expresión de lo rioplatense a motor, incluyendo, también, el lenguaje.

He llegado a la irrevocable conclusión de que el 60 es el miembro de mayor alcurnia del bestiario mecánico bonaerense, conformado en su integridad por esos híbridos metálicos que son los transportes públicos porteños. Une los puntos más recónditos: desde Constitución, con sus olores y sabores a chorizo grasoso y pan viejo y barato (la gloria argentina del asado por peso y medio), hasta los grises humos fabriles de Ford (la For’, para el habitué); desde los caldos de cultivo de mosquitos que son los ríos del Tigre hasta el tenebroso Maschwitz con su Carrefour omnipotente; desde los coquetos ceibales de San Isidro a la alevosa urbe de Cabildo.
Los bondis-moscas no son más que un reflejo –kafkiano, por cierto- de la cultura porteña: de esa arrabalera costumbre barrial de quebrar la intimidad del monólogo interno y volverlo irreductiblemente externo. Demasiado externo. Por desgracia, la sanagustiniana categoría de palabra interior se ha reducido a cenizas y la locución ha permanecido inmortal. Su fuerza recursiva hace que se la asociación se perpetúe ad infinitum y se sucedan millares expresiones coloquiales repetidas hasta el asco. Así, el engorroso parloteo de las cabecitas se vuelve un insoportable murmullo de fondo en cada viaje, mientras la cabeza de uno atenta apoyarse sobre la traba metálica para roncar en los sesentosos ámbitos colectiveros. Desde la genialidad hasta la idiotez, el 60 es un hervidero de palabras sobre los cuatro neumáticos gigantes que ruedan por esta húmeda Buenos Aires: cada ramal, un eco de los caprichos sociales de la porteña ciudad.
El 60 es laboratorio de lunfardo: uno pasa más tiempo transportándose de un lugar al otro que sentado en la vereda predilecta del barrio, sorbiendo mate tras mate y discutiendo la implicación de Enrique Santos Discépolo en la muerte de Evita. Los escenarios han cambiado: tanto como mutan los signos, como afirma Monsieur Saussure, se metamorfosean las escenas en las que estas se dan. “El lunfardo, llamado policialmente, ‘lenguaje canero’, es una modalidad aparte dentro del vocabulario popular; comprende signos convencionales a una agrupación determinada de individuos”[1] ilustra José Edmundo Clemente en El lenguaje de Buenos Aires. Es, pues, es un lenguaje delictivo, aunque Clemente aclara que su alcance depende de la plenitud del momento en el que es proferida[2]. Ahora bien: o el lunfardo tiene como meta personal la dominación del habla porteña o todo sujeto en Buenos Aires tiene alma de chorro. O, al menos, todo aquel que monta el 60. Así, pues, se convierte en las tablas para estos nuevos signos: la vida acontece sobre ruedas, es el neoescenario del neolenguaje.
Expresiones como yuta o capiar los pelpas florecen como yuyos en el idioma y se desenvuelven en el espacio público del transporte: el espacio en el que todo sujeto tiene derecho a pasar más de una hora por menos de peso y tres cuartos. ¿Y por qué en el 60? Porque liga los confines del Gran Buenos Aires: remacha las distintas expresiones en un punto espacial común. Por osmosis, se diseminan como peste bubónica, al punto en el que uno termina profiriendo, por imitación, los improperios que uno escucha, desde “tengo que echarme un cloro” hasta “effeame”. El argot, querámoslo o no, ha acribillado a la Real Academia.
Montarse al 60 se ha tornado en una aventura sociológica digna de los culebrones de Steven Spielberg y he comprobado que no siempre con felices resultados. Más allá del promedio de cincuenta músculos acalambrados, de la probabilidad (más bien, certeza) de montarse al ramal incorrecto y terminar en algún rincón de Escobar y de que las chances de que la billetera de uno sea arrebatada sin posibilidad de devolución sean altas; lo interesante de viajar en el 60 es la diversidad social, económica y étnica que se suman en las causalidades vehiculares de las callecitas de Buenos Aires, evidenciada en las expresiones utilizadas. Y se hace notorio en absolutamente todo lo que cada sujeto dice, por ejemplo, los piropos.
Uno de los piropos más extraños de los que he sido beneficiaria ha provenido de la boca de un colectivero, una montaña de grasa pálida, en el que me comparó con un bocadillo de morcilla, fabricado con los elementos hematológicos que mi cuerpo produce de vez en mes. La Náusea se asomó de detrás de mis ojos y lo miré con perpleja repulsión. Escuché el ya arremetido “¡Te parto, pendeja!” de un ser de precario sentido de equilibrio, apestando a Toro Viejo (el vino, no el bovino), ataviado con un par de bermudas de colores estrafalarios y una gorra con la visera apuntando, cual antena parabólica, hacia arriba que tapaba una cabellera a la moda zorrillo: mechones pequeños decolorados en toda ella. Me desarmé en risas recordando a José Clemente: “Al otro lado del cuadrante desinteresado está pendeja, voz cargada de codicia erótica que se hace rotunda en pendejón”[3]. Me senté al lado de un muchacho joven, con una tentativa de sonrisa enigmática, vestido con una remera que poco dejaba a la imaginación de escote en V y el caballo ordenado milimétricamente para que el flequillo cayera por encima del costado derecho de su frente. Sus chupines fosforescentes encandilaron mis ojos de estudiante que ha pasado demasiadas horas frente a los libros. El muchachito tuvo la osadía de desenfundar su cámara último modelo para preguntarme si podía, tipo, sacarse una foto conmigo. Mi furibunda expresión sepultó sus intenciones ocho metros bajo tierra, mientras, interiormente, llegaba a la conclusión de que nunca más usaría mi cercenada pollera escocesa de colegio privado a tal hora de la madrugada montada en el infame bondi.
La ambivalencia amor-odio me gana. El 60, con sus vueltas inesperadas en Luis María Campos y su atiborramiento constante ha logrado enseñarme los códigos necesarios para no quedar como blanco de todos los robos de la Ciudad de Buenos Aires, mas me ha causado más de un dolor de cabeza. De todos modos, seguiré montándolo todos los días a mi mosca predilecta color mostaza: el divino 60, cuna de lunfardo, arrabal y porteñismos.



[1]Borges, J. L. y Clemente J. E., El lenguaje de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Emecé, 1998 , página 64.
[2] Íbidem, página 65.
[3] Borges, J. L. y Clemente J. E., El lenguaje de Buenos Aires, Buenos Aires, Editorial Emecé, 1998, página 85.

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